De regreso a la isla Santiago: Más de una década después de la erradicación de las cabras, los cerdos y los burros ferales

Por Wacho Tapia, Director del Programa de Restauración de Tortugas Gigantes en Galápagos.

Santiago es una de las islas más grandes y fascinantes del Archipiélago de Galápagos. Además de una extensa zona árida, tiene una muy densa zona húmeda, la cual en sus altitudes más bajas está dominada por rodilla de caballo (Clerodendrum molle). Este arbusto nativo forma matorrales por los cuales es casi imposible pasar sin un ejército de hombres expertos en el uso de machetes, a menos que seas una tortuga gigante y puedas abrir un camino por debajo usando tu extraordinaria fuerza.

Quizás por esa razón Santiago es una isla poco estudiada. Aunque lanzamos la Giant Tortoise Restoration Inititative (GTRI) en 2014 y planificamos iniciar trabajos en Santiago en 2016, solo logramos hacerlo ahora. Los viajes fueron postergados por varias razones (incluyendo la dificultad para acceder a las zonas de nidos). En junio, completamos por fin nuestro primer viaje enfocado exclusivamente en las tortugas gigantes de Santiago (Chelonoidis darwini).

Este viaje tuvo una misión dual: 1) abrir la pica para acceder a la “Zona D” – la zona de anidación de tortugas gigantes más cercana a la costa, y 2) evaluar la actividad reproductiva de las tortugas gigantes en esta zona. Colectamos datos que nos ayudarán, en conjunto con la Dirección del Parque Nacional Galápagos, a diseñar las futuras estrategias para acelerar el proceso de repoblación de Santiago con miles de sus tortugas gigantes. Esta especie logró sobrevivir durante siglos, a pesar de la presión de la extracción de tortugas vivas como fuente de carne fresca para balleneros y otros marineros en tiempos pasados y luego más de un siglo de impactos negativos por una gigantesca población de cabras y burros ferales que competían con ellas por alimento y de cerdos que depredaban sus nidos.

La poca literatura disponible sobre las tortugas de Santiago indica que la población es pequeña (alrededor de 500 tortugas) y dominada por machos. Aunque no realizamos un censo por toda la isla durante nuestra corta y limitada visita, fue preocupante que las pocas hembras que encontramos fueron adultas muy viejas. Ahora más que nunca urge desarrollar acciones integrales de investigación y manejo para restaurar esta población acercándola a su número histórico, como ocurrió con otras poblaciones, como la de Española, la que estuvo aún más cerca de la extinción. 

Durante este viaje intenso e interesante, varias cosas llamaron mi atención. Una de las más llamativas fue que casi todos los cactus Opuntia eran subadultos o juveniles de unos 10-12 años de edad, lo cual coincide con la época en la que fueron erradicados los burros ferales. Eso me hizo pensar: ¿Si los burros no hubiesen sido erradicados, estaríamos mirando la eventual extinción de los cactus?

No obstante, el esfuerzo físico requerido para caminar diariamente 25 km en un terreno agreste y bajo un sol abrazador, cada paso caminado y cada gota de sudor derramada valían la pena. Pues además de las tortugas gigantes, tuvimos encuentros muy cercanos con los gavilanes de Galápagos, culebras, lagartijas de lava, papamoscas, cucuves, pinzones y abejas carpinteras. Caminamos en bosques de cactus Opuntia y vimos muchas otras plantas y animales únicos de Galápagos; hacían que como dice el himno de los guardaparques de Galápagos, “no importe ni el cansancio ni el dolor para cumplir nuestra misión”.

Caminando a través de Santiago me llevó a mi primer contacto con la isla cuando tuve 17 años. Como voluntario de la Estación Científica Charles Darwin, me enviaron a Santiago durante varios meses como asistente en un estudio de la reproducción de las tortugas marinas. Acampando en Playa Espumilla en la costa noroeste de la isla, trabajábamos arduamente, sobre todo en las noches cuando las tortugas arribaban a la playa para anidar. Después de esta experiencia, no regresé a Santiago por varios años. Luego, como guardaparque de la DPNG, realicé varios viajes como parte del programa para erradicar los ungulados introducidos (cabras, cerdos y burros). Fue en este tiempo que descubrí lo extensa que era la isla y lo difícil que resultaba desplazarse en ella, a pesar de que en aquel entonces la vegetación estaba severamente impactada por las cabras ferales.

Ha pasado más de una década desde la erradicación de los cerdos, burros y cabras introducidas y como en la naturaleza nada es estático sino dinámico, los cambios en los ecosistemas son impresionantes. La vegetación, especialmente arbustos y árboles, están repoblando áreas en donde estuvieron ausentes por mucho tiempo. Esto hizo que esta nueva visita a la isla sea todo un reto. Nadie desde finales de la década de 1990 había usado la pica (término localmente usado para definir un sendero) desde la orilla del mar hasta la Zona D. Mientras ascendíamos, encontramos vegetación más y más densa; por lo que además de la necesidad de machetear para abrir nuestro camino entre la vegetación, tuvimos que travesar flujos de lava tipo a‘a relativamente joven (es decir unos cientos o quizás miles de años), lo que aumentó la dificultad. 

En unos meses volveremos a Santiago para buscar nidos, colectar huevos y trasladarlos al Centro de Crianza en Santa Cruz. Para este viaje, contaremos con una “pica” accesible y sobretodo y lo más importante, esperamos contar con agua recolectada de la garúa en un tanque que dejamos habilitando en la Zona D. Con esto, evitamos la necesidad de transportar toda el agua desde Santa Cruz y luego cargarla sobre nuestras espaldas junto con nuestra comida y equipos. Sueño con el día en que esta isla esté cubierta con estos gigantescos reptiles que he llegado a amar y que seguiré trabajando para salvar.